
(por Graciela L. COCIANCICH)
Cuando mi esposo aumentaba de peso y caía en una profunda depresión y hacia una total inactividad (producto del sobrepeso sumado a las múltiples angustias), su figura paterna y poderosa se desdibujó y tuve que ocupar lugares de mi hogar sin estar preparada para hacerlo.
Yo también enfermé y necesité ayuda médica y psicológica, pero cuando la imagen onmipotente y omnipresente de mi esposo caía sin darle la oportunidad de pelearla, como pude, traté de ocupar rinconcitos de esos grandes huecos que dejaba.
Con papá postrado porque la diabetes no le permitía sentir el suelo bajo sus pies, y mamá distribuída entre serlo, la atención de papá, de la propia salud y a cargo de todos los largos y tediosos trámites en la obra social, la Familia comenzó a resquebrajarse y, el primero en evidenciarlo fue nuestro hijo mayor, que entraba de lleno a la adolescencia, rodeado de vicios, violencia, rebeldía y malos consejos. No tomó mejor decisión que abandonar nuesro hogar diez veces, siempre con excusas diferentes, contradictorias, en fin, adolescentes.
¡Veámoslo así!: la comunidad de Sordomudos donde estudió Lengua de Señas para su Profesorado Especial, bautizó "El Oso" a mi marido, esto es por su contextura gigantesca, poderosa y, con el sobrepeso que sobrevino cuando, previo a la diabetes, hizo un Síndrome Metabólico, justifica plenamente el apodo y tiene una presencia temible.
Pero basta cruzar dos palabras amables con él para darse cuenta que es un alma frágil, hipersensible y fácilmente quebrantable. De lágrima fácil, emociones a flor de piel, artista natural, bohemio de pies a cabeza, se abraza a su única fortaleza, que es su familia, para soportar un mundo que no comprende y lo lastima.

Las huídas de nuestro hijo lo fueron mellando hasta dejarlo postrado y diabético insulino-dependiente. En este estado, deprimido como nunca había visto a alguien y postrado en la cama, tuve que hacer de mamá de mis hijos, de papá y de mamá de mi esposo, sin recibir contención de persona alguna.
Un diabético no puede cortarse solo las uñas, debe tener medias y guantes especiales que yo misma le tenía (y tengo) que hacer, necesita que le froten productos elevadores de temperatura en piernas y pies, secarle permanentemente los intersticios entre los dedos de los pies para evitar hongos por humedad (él no siente los pies, ni los dedos de las manos), hacer todo lo que él no puede con las manos; en definitiva, tuve que sacar licencia en mi trabajo y, tras la pérdida de los ingresos que ya mi esposo no podía aportar, reducir mi sueldo a la mitad, que se va en trámites burocráticos.
Si sumamos la pérdida de mi hijo, la postergación de mi hijita (de apenas 7 años) y todo frente a la vista impotente de mi esposo que intenta rehacerse, fracasa y se hunde más en la depresión, sin abundar en muchos pequeños detalles, puede decirse que "me contagió" su enfermedad, y al caer yo, me siguió el resto de la familia y, por supuesto, parientes y "amigos" nos pusieron en cuarentena y salieron espantados, así, con la amenaza de una muerte física, hemos sufrido una muerte social.
Por eso es importante juntarse entre pares, enfermos y sus familias o seres más cercanos; la Autoayuda es fundamental porque cuando uno cae, siempre va a haber quien lo levante, y entre el intercambio de ayuda e información, intercalar actividades sociales, solidarias, recreativas, deportivas, culturales y todo aquello que, por responsabilidad hacia otros o por placer mismo, desvíe la vista de la autocompasión al mantenerse vigente, a sentirse vivo, necesario, a tener siempre a mano una razón para afrontar cada doloroso pinchazo de insulina, sin la pregunta letal: "¿Para qué?"
Graciela L. C. de Gatti
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